viernes, 7 de octubre de 2011

Lluvia


Me encuentro en mi cama, ya hace más de una hora me había despertado pero seguía en entresueños, escucho el noticiero matutino y finjo que vivo, pero de repente, en súbito, escuché algo, automáticamente mis retinas se expanden y mis labios se estiran formando una pequeña sonrisa, una real, las gotas de lluvia chocaban contra las hojas de ese árbol casi calvo, que de no ser por el desagradable vecino machetero adornaría mi ventana, aunque ese tronco con algunas pocas hojas no es lo que importa aquí; la lluvia, aunque no sea muy fuerte, aunque sea débil y letárgica, me llama, me atrae con su cadente arritmia, me presagia como mínimo una suave mañana. Minutos después, ya en el baño, observo por la ventana como cae ese líquido fresco y amable, se esparce y hunde entre el pasto, se resbala por entre las hierbas, y se desliza por las barbillas de quienes no le temen; sus brazos aunque fríos, no lo son tanto como para quemarme, frescos, acogedores, relajantes. Al agua de la ducha, sin embargo, la dejo correr su camino simple hacia el desagüe.
Afuera, en la calle, no hay rastros del agresor, el lacerante, el hiriente, ardiente, arrogante, inmenso y abrumador, por lo menos durante unas horas más sus rayos no me cegarán, su calor picante, la sed que produce, nada vendrá de él. En la parada de bus, junto a la venta de tintos, dulces y minutos, las gotas caen leves, no son muchas pero suficientes para que mi sonrisa no decaiga, a más de sesenta cuadras de la meta espero que esto continúe así. Abordo el bus mientras un joven, que se encuentra sentado, hablando con la vendedora, me hace una mirada entre pícara y despectiva, no me detengo en nadie, no necesito ni siquiera mirarlo, es mejor así. Al interior del transporte soy el primero, es común porque vivo allí donde empieza el recorrido, en el antiguo nacimiento de la calle 45, la más larga de la Ciudad de los Parques, después de pagar corro a sentarme cerca de una ventana, la abro y me unto de algo de vida, saco mi botella de agua, me mojo las manos y luego la bebo rápidamente.
En el trayecto sólo se suben dos personas, una frente al manicomio, y la otra tres cuadras más adelante, en la carrera Novena; es raro que sean tan pocas, pero igualmente esto es más agradable, la primera es una gordita totalmente empapada que carga con varias bolsas y casi no es capaz de superar la registradora, la otra una señora que se baja pocas cuadras después, evidentemente sólo otra más de las que le huyen a la vida. La mayor parte del tiempo miro hacia afuera una ciudad que se transforma, las personas están más abrigadas, más silenciosas y hasta más amables de lo normal, cuando la mañana se despierta húmeda y mojada, casi todos le esconden la cara a la lluvia, yo no le temo, me le muestro como quien soy, espero algún día podérmele presentar desnudo, libre, así como duermo, no quiero cadenas que me aten ni máscaras que me oculten.
En la carrera 15 la lluvía empieza a amainar lentamente, agoniza, las gotas ya casi desaparecen de la ventana, por las calles transcurren pequeños hilos que terminaran en las alcantarillas y muchos charcos, lagunillas o pichales, como les quieran llamar, que se empozan en cualquier herida del asfalto, muchos vidrios que aun continúan empañados, después de su final decaimiento vendrá el agresor, y todo se habrá evaporado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario